Relato ganador del XXXI Premio de Relatos Cortos José Nogales
Perorata de un vampiro
Gonzalo González Ugidos
Todo el mundo tiene la convicción de poseer al menos una virtud por pequeña que sea. Esta es la mía: soy una de las personas menos irascibles que he conocido en mi vida. La ira es un estorbo, siempre lo he pensado y puede que suene como que no tengo sangre en las venas. Creo que es algo relacionado con el temperamento heredado de mi madre. O tienes ataques de furia o no los tienes. Y yo no los tengo. Yo sólo me deprimo. Por eso cuando, por tercera vez en mi vida, me cayó un rayo me sorprendí a mí mismo perdiendo los estribos y blasfemando como un loco: maldije al rayo, imprequé al clima e injurié a todo lo que se me ocurrió mientras trataba de moverme dando tumbos y me alejaba del espeluznante agujero negro que vomitaba una humareda. Sobre todo, me irrité conmigo mismo por gafe, por mufa, por cenizo.
El caso es que el otoño pasado, salí de casa para buscar níscalos en Valsaín. Asomaba el avaro sol de octubre y soplaba una ligera brisa de noroeste, pero cuando ya había coronado el puerto de Navacerrada y bajaba hacia La Granja el aire se amotinó con bruscas ráfagas, un relámpago trazó una torcida vena de luz en la mañana desangelada y empezó el chaparrón. Hay un apartadero en la cuarta de las Siete Revueltas de la carretera que baja desde el puerto, que es donde suelo dejar el coche. Me adentro unos cuatrocientos metros en el pinar y llego a una pradera que conozco bien porque en otoño brota — generoso— el micelio de los níscalos. Llevo yendo a la sierra los sábados o los domingos, según me pique la mosca, desde hace años y hay días en que he vuelto con la cestilla llena de setas. Aunque desde hace algún tiempo los seteros que me encuentro vuelven algo deprimidos: entre que no ha llovido en septiembre y que, entre semana, hay furtivos que arrasan el mantillo con rastrillos, no dejan ni las raspas. Por eso los buscadores de setas se han vuelto recelosos.
Aquel domingo, caminaba temprano por una senda cuando un hombre de mi edad con impermeable amarillo que estaba unos seis metros delante de mí se giró y gritó: “¿Por qué me sigues?”
—No —dije, y señalé más allá de él, más arriba en la cuesta—, estoy siguiendo al tipo de la sudadera verde.
En la sierra siempre ha habido impresentables que creen que los sigues para descubrir los secretos lugares ─que no son secretos para ellos─ donde crecen los níscalos, o de picajosos que gritan: “¡Al menos podrías saludar, imbécil!”. O, peor aún, de salvajes que en lugar de cortar las setas delicadamente por encima de las raíces las arrancan de cuajo y en vez de cestas de mimbre llevan bolsas de plástico, lo que impide, en el primer caso, que vuelva a brotar el micelio y, en el segundo, que se dispersen las esporas y se reproduzcan las setas. No regaño a nadie ni lo sermoneo, pero si su hábito atenta contra el civismo o contra mi interés, puedo abdicar de mi natural cortesía. No es que diga nada, más bien lo pienso; pero de una manera que sin duda se refleja en mi rostro. “Hombre de Dios”, diga probablemente mi expresión, “mira que eres burro”.
Como les iba diciendo, los truenos estremecieron el aire con un estruendo de artillería pesada, oscuros nubarrones se extendieron como doseles sobre las cumbres y los árboles temblaban inquietos como espectros iluminados por la luz opalina de las centellas. Llovía a cántaros. Paré el coche en el apartadero y esperé a que escampara. Un cuarto de hora después ya estaba en la ladera del monte con mi cantimplora, mi cestilla y mi navajita suiza, la de MacGiver.
Apenas había cogido un par de boletus edulis y tres o cuatro níscalos cuando me cayó un rayo en un claro del bosque. Primero el fogonazo blanco, después el trueno seco, el golpe de calor en la cabeza y olor a chamusquina. Finalmente, el aturdimiento y el silencio en el oído derecho, como si me lo hubieran taponado con guata. La chispa dejó un pino con las raíces trituradas y varias ramas rotas. Eso podía pasar, lo malo era que, por más que se diga que no caen dos rayos en el mismo sitio y menos aún sobre la misma persona, algo había en mí que parecía atraerlos, porque con ese ya iban tres en los últimos veinte años, aunque ninguno llegó a fulminarme.
El primer rayo me sorprendió cuando yo era un adolescente imberbe, la chispa impactó a pocos metros y perdí la uña del dedo gordo del pie derecho. No le di mucha importancia y no se lo conté a nadie, ni siquiera a mi madre. La segunda fue cuando era universitario y colaboraba en verano con una ONG en en un suburbio de Bamako, a la orilla del río Níger. La centella me chamuscó parte del pelo y las cejas por completo y perdí el conocimiento. Cuando le dije a Ngolo, un maliense de la etnia barambara, que me había caído un rayo y me había quemado el pelo ni se inmutó, sólo me dijo que diera gracias a Bemba, el dios del cielo y del aire, porque me había transmitido su nyama, su fuerza espiritual y su energía vital. Como si un rayo no fuera un rayo, sino el maná bíblico con sabor a miel y a cilantro y a aceite nuevo. Pero yo lo único que noté es que se me quemaron las cejas y el pelo y que me temblaban las piernas. Me acostumbré a llevar siempre una cantimplora llena de agua por si acaso; fue una medida prudente, pero inútil porque por ese tercer rayo en la sierra tuvieron que hospitalizarme con quemaduras en el cuello y las orejas. Me reventó un tímpano y me quedé algo sordo. La membrana se me curó en pocas semanas, aunque me dejó un agujero y cuando fumaba —porque entonces aún fumaba—podía expeler el humo por la oreja derecha, lo que causaba sensación, sobre todo entre los niños.
Cuando salí del hospital, a las puertas de mi casa me encontré con unas vecinas, cuatro mujeres de unos cuarenta y tantos. Estaban pegando la hebra alrededor de un carrito de la compra, me acerqué y les dije que me había caído un rayo en la sierra. Una de ellas se irguió y se apartó el pelo de la cara. Era guapa, salvo por sus ojos, demasiado pequeños y algo juntos, y sus labios, tan finos que parecía no tenerlos, detalles que daban a su expresión un rictus de aspereza en la boca, un aspecto de cardo.
¿Eh?
—Que me ha caído un rayo en la sierra —repetí. Me giré un poco y señalé una llaga en el cuello y mi oreja vendada—. Sí, mira.
El grupo se encogió de hombros de forma sincronizada y me dio la espalda. Y eso que de sobra sabía yo que aquellas mujeres tenían especial debilidad por los temas escabrosos.
¿Eso es todo lo que tenéis que decirme? —pregunté.
—Deberías curarte esa cicatriz —dijo otra mujer, inclinándose hacia el carrito de la compra.
—Y no es la primera vez —les informé—, ya es el tercer rayo que me cae encima.
—Pues deberías hacértelo mirar —sugirió, incrédula, una tercera.
—No se puede ir la sierra sin pararrayos —dijo la cuarta, que era la chistosa del grupo.
Si tuviera un vecino al que le ha caído un rayo y le ha roto la membrana timpánica, me solidarizaría con él con mis mejores sentimientos, maldeciría las nubes y le daría mi número de teléfono y mi correo electrónico. Me ofrecería a llevarlo al hospital. Pero a esas mujeres poco les importaba mi desgracia.
Al día siguiente, fui a la farmacia del barrio para comprar agua oxigenada y unas vendas y le conté al boticario lo del rayo.
—La probabilidad de que te caiga un rayo es extremadamente baja; en general, del orden de uno entre un millón al año, pero aumenta en la sierra de Guadarrama si está nublado y si estás en zonas abiertas, cerca de árboles o en puntos altos. El otoño y las tormentas aumentan la actividad eléctrica, especialmente en zonas de montaña como la sierra, aunque los rayos son más comunes en verano. Lo prudente si oyes truenos es buscar refugio seguro y no quedarte expuesto en campo abierto —me dijo el farmacéutico. Como si uno se chupara el dedo.
—A mí me han caído tres en veinte años —le informé por ver si eso lo conmovía un poco más. Ni aun así. Siguió con su contabilidad desalmada:
—Más o menos, las probabilidades de que te caigan tres rayos a lo largo de veinte años son de una entre cinco mil millones. El cálculo depende de las circunstancias personales, claro, no es lo mismo ser un agorafóbico que apenas sale de casa que ser montañero, agricultor o surfista. Los seteros entusiastas están en el colectivo de mayor riesgo. Aun así es más probable que te caigan tres rayos en veinte años que ganar tres veces el premio gordo de la lotería.
—Por lo que puedo ver es usted aficionado a la estadística —le dije con un rictus de amargura ante su imperdonable falta de misericordia.
—No, soy micólogo, aunque no me gustan las setas.
—Ya, mi padre fue pescador en un bacaladero que faenaba en el Gran Sol y jamás comía bacalao.
—No es lo mismo, donde esté un buen pilpil que se quiten las setas.
Me dijo que debería dosificar mis escapadas a la sierra, me preguntó cuándo me habían puesto la vacuna contra el tétanos por última vez y me sugirió ir a urgencias. Le dije que ya había ido al hospital y que me tuvieron ingresado toda la noche en observación. Entonces saludó a otra clienta y se desentendió de mí. Conque salí de la farmacia con mis vendas y mi agua oxigenada y con mi desconsuelo intacto.
Me metí en un bar que estaba lleno a rebosar de clientes que devoraban bollería industrial. Uno de los parroquianos sacudía una máquina tragaperras que, por lo visto, se había estropeado y retenía las monedas del premio. Pedí un café con leche corto de café y le dije al camarero señalándome la venda en la oreja: “Anteayer me cayó un rayo en la sierra”. Me contó un chiste de vascos. Un vasco llama a un amigo por teléfono y le dice: “Oye, Joseba, que te llamo por la motosierra” y el otro contesta: “¡Hostia, Patxi!, pues se te oye muy bien”. Le aclaré que el rayo no me cayó en una sierra de serrar, sino en la sierra de Guadarrama. Creyó que era otro chiste y me dijo que el mío también era muy bueno. Cuando le enseñé la quemadura en el cuello, me advirtió que tenía mal aspecto, que debería ir a hospital. Imaginé que si a todo el mundo le sugerían ir al hospital las urgencias estarían ajetreadas, así que volví a mi casa, prefería morirme.
Un año antes de que me cayera el tercer rayo, hubo una gran tragedia en el Annapurna. Una tormenta inesperada sorprendió a una expedición que intentaba hacer cumbre, murieron tres escaladores. Leí sobre ello en media docena de sitios web, y en todos ellos los comentarios eran brutales. Qué horror, pensé, perder la vida y no despertar compasión ninguna, que si “lo tienen bien merecido por estúpidos”, que si “tanto va el cántaro a la fuente”, que si “los alpinistas buscan estar cerca de Dios y a veces lo consiguen”. Pero yo lo único que hice fue ir a coger setas un domingo a una altitud sólo trescientos metros mayor que la de la Casa de Campo de Madrid. “Bueno, eso es lo que te pasa por setero, además, ¿a quién se le ocurre ir a por setas con tormenta?”, parecía decir el mundo, “deberías comprarlas en la frutería del barrio, so empanao”. No soy un cándido, ¿acaso lo dudan?, no pretendo que las personas sean ángeles, pero entre eso y su tosquedad manifiesta hay anchos espacios sin explorar como en los viejos mapas de Australia.
Mi madre tenía una buena sentencia para cada cosa, para mi estado de desolación seguro que tendría una colección completa, lo malo es que todas las que recuerdo se me agolpan a la vez en la mente, de tal suerte que resulta muy difícil hilarlas de forma que me salga algo coherente. Prefiero citar a Sara, mi ex, que daba clases en un instituto y decía que la diferencia entre la perseverancia y la obstinación es que en la primera la causa es buena y en la segunda es mala, de manera que, como empecé a dudar sobre si mi insistencia en contar a la gente que me había caído un rayo era buena o mala, preferí no contárselo a nadie más, que se rieran de otro. Pero cuando, unos días después, llevé el coche al taller, el mecánico me preguntó qué me había pasado en la oreja:
—Me cayó un rayo la semana pasada en la sierra.
— ¿Y fuiste a la sierra con la que estaba cayendo? —me preguntó en un tono regañón como si fuera mi culpa, como si lo que yo había hecho fuera abrazar a un oso en los Picos de Europa o jugar a la ruleta rusa con tres balas en el tambor del revólver.
—No —le respondí—. Cuando salí de casa brillaba el sol, sólo se oscureció cuando llegué a las Siete Revueltas y empezó a llover, pero escampó y cuando iba buscando níscalos por un pinar una chispa del fucilazo me alcanzó en el cuello y en la oreja.
—Cuidadito con las setas, pueden ser tóxicas, incluso mortales —dijo.
Fue como si le contara a alguien que estuve a punto de ahogarme en el mar y él me respondiera: “¿Qué tal estaba el agua?”. Una vez más, me sentí molesto por la responsabilidad, que recaía sobre mí y no sobre la mala suerte, la fatalidad o el destino. ¿Siempre es así la gente?, me pregunté con lástima de mí mismo, lo cual suele decirse que es algo detestable en un hombre como Dios manda; y, realmente, también yo lo creo.
Fue entonces cuando dejé de hablar de ello. ¿Tan difícil es un poco de compasión cuando te cae un rayo? ¿No es esto algo en lo que todos deberíamos estar de acuerdo? ¿Y si yo fuera un niño de pecho?, me preguntaba,
¿la gente estaría de mi lado entonces? ¿Y si tuviera noventa años o fuera ciego o fuera Rafa Nadal? ¿Por qué todo el mundo tiene tanto miedo de decir que es una lástima que a alguien le caiga un rayo y lo deje medio sordo? En realidad, sé por qué. El germen del nihilismo comienza a crecer de pronto en las almas vacías. ¿Cómo es que no conmoverse ante el infortunio de un hombre al que le
cae un rayo se haya convertido en algo normal? ¿O es sólo que el rayo no me mató, que a fin de cuentas sólo me dejó medio sordo? Si el rayo me hubiera fulminado y reducido a cenizas ¿se horrorizarían mis vecinos? ¿Se conmoverían un poco al menos si supieran que soy melómano y que ahora sólo a medias puedo disfrutar de Rossini? (Admiro a Mozart, lo amo, y trato también de no perderme un concierto donde se interprete la Pasión según San Mateo de Bach; pero, al lado de Rossini, Mozart, Bach y todo lo demás me parece pesado contraste. Es uno de los pocos gustos que comparto con Schopenhauer, que era un cenizo como yo. Decía que la existencia es un péndulo entre el sufrimiento y el tedio. Y, además, rima con decadencia.
El comienzo de la decadencia es tomar en serio las cosas grandes y solemnes y no tomar en serio las pequeñas. Se nos llena la boca de grandes desafíos, que si los rusos, que si los chinos, que si Trump, que si la adicción a la nicotina, que si la bollería industrial y demás alimentos ultraprocesados, que si la extinción de la ballena jorobada del Mar de Arabia, que si la regresión de los glaciares, que si el agujero de la capa de ozono y todo eso. Yo mismo padezco cierta preocupante ecoansiedad, sufro en primera persona el crecimiento el nivel del mar porque tengo casa en primera línea de las Marinas de Denia y cada vez que hay temporal se me queda el jardín lleno de algas y perdido de salitre. No quiero decir con esto que lo mío sea peor que otras desgracias, ni por lo más remoto, quienes me conocen pueden dar fe de que ni me miro el ombligo ni soy de los que con su lloriqueo usurpan el lugar de las verdaderas víctimas; no soy uno de esos caraduras que se inventan nuevas categorías de victimismo a su medida; pero lo que quería decir es que empieza la gente a quitar importancia a las pequeñas adversidades de los otros y acaba por ser cómplice, por omisión, de la infelicidad del mundo: de su dolor, de su insatisfacción, de su desgaste.
Yo también me tomo muy en serio los grandes asuntos; pero, ¿qué pasa con los pequeños? ¿Acaso la cortesía, las buenas maneras, la empatía no son un asunto moral? Hay que hacer el trabajo de cada día con el mimo de un alfarero con el barro y no de manera chapucera, hay que darse los buenos días en la escalera, hay que respetar al árbitro y, desde luego, sentir alguna compasión por quien ha sufrido la caída de un rayo. Creo haber dejado claro que no soy un cándido, sé que esas son cosas pequeñas —vale, mínimas—, pero tengo que recordar que por un clavo se pierde una herradura y luego el caballo y después la batalla y al final un imperio. Esto se ha dicho muchas veces —ya lo sé—, pero si nada ha cambiado señal de que hay que seguir diciéndolo. Total, que las pequeñas cosas pueden tener grandes consecuencias. Ya saben, el efecto mariposa y todo eso.
Tengo amigos que tienen perros y otros amigos que se lo afean como si amar a los perros fuera una inmoralidad. “Habiendo niños que mueren de hambre en el Sahel, es una perversión ocuparse del bienestar de un chucho”, ese es el falaz argumento. Como si en un corazón tierno no hubiera sitio al mismo tiempo para las grandes causas de la Agenda 2030 y de Greenpeace y para los perros desamparados. Y para los seteros a los que hiere un rayo. Yo nunca he tenido perro, pero he viajado mucho y he visto que cuando en un país no hay perros es que hay mucha hambre. En los lugares donde alimentan a los niños con harina de mijo no hay perros. En las orillas del río Níger, había cocodrilos; pero no perros, al menos a su paso por Mali.
Tampoco había ni una pizca de compasión si te caía un rayo. Se ve que en eso de la compasión los barambara no son muy diferentes de los europeos. He estado en un tris de decir del resto del mundo; pero no quisiera poner en tela de juicio mi propia autoridad diciendo una verdad (si bien irrefutable en sí misma) imposible de probar, porque ni yo ni nadie conoce a todos los seres humanos y en consecuencia me contentaré con decir tan sólo que a la mayoría de la gente le importa un pimiento que a uno le caiga un rayo, o tres o ciento.
Creo justo contarles que mi calamidad sólo pareció importarle a un reportero del periódico local Aires de la Sierra, que me hizo una entrevista. Lo tomé como un consolador desagravio hasta que leí los comentarios de los lectores. Recibí una corrosiva lluvia de injurias proferidas con muy mala leche. Todos poniéndome en ridículo. Se me cayó el alma a los pies, me quedé de
piedra, se me pusieron los pelos de punta y demás modismos y frases hechas. Las ocurrencias de los lectores eran salidas de pata de banco con menos gracia que un pianista tocando el piano con la tapa bajada. Esa gente merecía llevar cinchas.
No por eso sus comentarios dejaron de dolerme. Uno decía que a quién se le ocurre meterse entre los pinos con tormenta. Otro, que yo era un atrevido, un suicida o un ignorante que no sabía cuántas son cinco, “en cualquier caso, un tonto de capirote” y algunas otras atrocidades por el estilo.
Total, que siempre subestimamos la cantidad de gente insensible que hay en el mundo. Yo esperaba concitar cierta solidaridad con mi entrevista. Incluso, más aún, compasión; pero en lugar de eso, sólo encontré indiferencia y se me echaron encima los haters y los trolls para herir mi amor propio en lo más vivo. Ojalá Vinton Cerf o Bob Kahn, o mejor dicho ambos, hubieran sido más conscientes de lo que se traían entre manos cuando se afanaban por igual en inventar internet; si hubieran tenido debidamente presente cuántas cosas malas iban a pasar por lo que estaban haciendo en aquel momento, no habría tantas redes difundiendo el odio.
Más resignado que dolorido, he confirmado que la piedad está extinguiéndose y va camino de desaparecer (comprendo que algunos le hayan tomado cariño y lo lamenten, pero las cosas son como son). La gente ha vendido de baratillo su alma al diablo, que se la ha comprado sin regateos, y del diablo han aprendido los haters a cachondearse de las desdichas ajenas.
Ahora que tanto se habla de las enfermedades mentales, algunos estudiosos insinúan que nos estamos volviendo locos de remate, que todo el mundo es un manicomio, que todos somos locos de atar. Dicen los psiquiatras que esa debilidad tuya por las gambas de Huelva y el confit de pato es el síndrome del comedor compulsivo; dicen que padeces un trastorno cognitivo menor por no recordar nombres o caras; tienen incluso el cuajo de decirte que la tristeza por la muerte de tu madre es un trastorno ansioso-depresivo. Dicen que tu hiperactividad, ese ir con prisa de la ceca a la meca, es síntoma de un trastorno de déficit de atención adulto y que las rabietas de tus hijos pequeños no es que sean irritantes sino que tienen toda la pinta de ser un trastorno desintegrativo infantil. Ni caso, estás sano como un manzano; vale, tal vez no tanto, pero eres normal, ellos van a lo suyo: esos diagnósticos son su negocio. Poderosas fuerzas tratan de convencernos de que la gente normal está pirada. Son ganas de desencadenar una espiral medicalizadora para que la industria farmacéutica mejore su cuenta de resultados. No señor, no nos hemos vuelto locos, lo que nos hemos vuelto es unos perfectos cafres. Pero de eso no dicen una palabra los psiquiatras, ni los sociólogos, ni los gobiernos. Ni una maldita palabra. Te cae un rayo, te deja sordo de una oreja y en vez de un poco de consuelo, lo que te dicen es “anda y que te parta un rayo”.
Ya estoy oyendo sus reproches: “Otra vez la burra del vuelta al trigo y cada loco con su tema”. O sea, que me rayo. Como nada me exaspera tanto como su reprobación, les ofrezco mis disculpas; pero antes de continuar debo confesar algo que ustedes tienen derecho a saber: no ha de darse enteramente por sentado, a raíz de mis palabras, que yo sea un paranoico; por el contrario, me puede la sospecha de que —salvo en el asunto de los rayos— el mundo, o acaso sean el karma o la providencia, conspiran en mi favor. Si yo les contara…No lo haré para que no parezca que me voy por las ramas.
A nadie le importa mi desventura. Ni a los boomers, ni a la generación Z, ni a los barambara, ni a los científicos positivistas. ¿Dónde están los científicos positivistas cuando más se les necesita? Creo que me desprecian hasta los perros. A punto estuve de adoptar un perro, un bulldog francés, ahora me alegro de no haberlo hecho porque no descarto que también él ninguneara mi desdicha.
—Hola, Otto, que me ha caído un rayo.
—Pues te jorobas.
No lo diría así, diría: “¡Brrrrrr!,guau, guau”, pero a buen entendedor…
Ni siquiera le importó a Sara cuando la llamé por teléfono para contarle lo del rayo. (De Sara, lo digo de paso, me enamoró su voz, musical e hipnótica, como la de Daisy Buchanan en El gran Gatsby. Pensé que era la mujer de mi vida. Un error: no estaba hecha para un tipo al que le caen rayos). Como apenas la oía por la oreja derecha, me puse el móvil en la izquierda y pudimos entendernos. Me reprochó que hubiera ido a coger setas sin ella con un tono que revelaba su sospecha de que había ido con otra; pero como todos solemos librar nuestras batallas en el campo que menos compromete nuestro orgullo no me acusó de eso, lo que dijo fue que yo era un irresponsable por ir a la sierra con tormenta y que le daba pánico que el día de mañana pusiera en peligro la vida de nuestros futuros hijos. No es que yo esperara que se pusiera a llorar a lágrima viva, ni siquiera que pintara de negro la rueda izquierda trasera en señal de luto
como los conductores de Chicago cuando Daisy Buchanan se fue de la ciudad, pero lo que no esperaba en absoluto era que dijera lo que dijo, algo impensable: “Tipos así no están en condiciones de cuidar a sus hijos”, eso dijo la miserable. Algunas mujeres no se preocupan del daño que pueden causar a un hombre con esas frases dichas a la ligera. Ni se ha disculpado ni ha querido volver a verme. Tal vez haya sospechado, incluso descubierto, que fui yo quien le rayó el coche. Se ve que me ofusqué, no estoy seguro, una confusa capa de niebla empaña todo lo que pasó, salvo que cuando volvía solo a casa, y aturdido, la luna brillaba como una hostia muy grande; como un hostión, vaya.
Me dolió lo de Sara, su indiferencia. Yo no tengo horchata en las venas,
¿acaso no sangro si me pinchan?, ¿acaso no tengo manos y órganos y alma y sentidos y pasiones como Shylock?, ¿no muero si me envenenan?, ¿no puedo esperar misericordia si me cae un rayo? Si me ofenden, ¿no trataré de vengarme?
Esa es la parte más triste de todo esto, porque no se puede vivir en un caldo de cultivo de bacilos y no acabar infectado y el que es mordido por los vampiros morderá como los vampiros: me he vuelto un resentido, un grosero, un desalmado, un rayador de coches. Mis propios gestos atemorizan mi alma, que se ha retirado a lo más profundo de mí mismo, donde nada de su antigua inocencia puede ya subyugarla. Ya soy como todo el mundo. Ya lo habéis conseguido, hipócritas lectores, mis semejantes, mis hermanos. Ya soy normal: un abyecto hombre de su tiempo respirando el aire de su tiempo.